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WISKY ROMEO ZULÚ Mucho mas que una “peli” de aviones

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  Artículo sobre la Película entrevistando a su Director, Enrique Piñeyro para Visión Noticias. ( En la transcripción de la nota dejé los comentarios que usábamos para la diagramación y la imprenta) Una charla a fondo con Enrique Piñeyro , actor y director del film que arrasa la taquilla con fuertes denuncias sobre el mundo de la aviación comercial y los serios problemas de seguridad y corrupción que lo rodean. VN : ¿Había antes de WRZ una película de aviones en tu cabeza, o la tragedia precipitó la idea? (en referencia al accidente de LAPA ocurrido el 31 de agosto de 1999 en el que murieron 67 personas a consecuencia de accidente con uno de los aviones de la empresa en aeroparque) EP : No, no había. Y ni siquiera el accidente lo precipitó. Incluso el guión fue registrado el 31 de agosto del 2000, sin darme cuenta, a un año exacto después del accidente. Cuando salí del lugar caí en esa coincidencia. VN : Antes de eso no habías pensado en volcar al cine lo que fue tu vocació...

Falta Aceite (la leyenda)

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  Cada tanto, en las tertulias aeronáuticas, esas que se arman en el Aeroclub Mercedes, en los días en que la meteorología no permite alzar el vuelo, aparece la historia de los “Cuatreros del aceite”. Según se adentra la mateada, la historia va tomando distintas formas, pero casi todas ellas coinciden en que, una mañana ventosa, había llegado hasta el lugar un PA-11 blanco con vivos rojos. Dos ocupantes. Casi un operativo comando. No forzaron los candados del hangar. Fueron rápidos y eficaces. Era un día en que no había nadie más que el casero del Club, y he allí la primera espina en las patas cortas de las historias de Don Cosme. El viejo era de andar acompañado de la botella y, en la soledad del campo, a veces, la imaginación suele entremezclar los recuerdos. Dicen que nadie había en el aeródromo aquella mañana, y que el viejo cuidador recortaba el pasto de la cabecera 28 con el tractor. Esa pista, es mas corta. Arrancaba con el corte bien temprano y a media mañana tenía una ...

El Galpón, de madrugada.

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A veces me imagino entrando en el Galpón de Jeremías por la madrugada. Una madrugada cualquiera, de un día cualquiera. Como si hubiera atravesado el pasillo en silencio, sin despertar a La Tana y al  Bocha , que descansan en su casa. En mi ensoñación tuve la previsión de traer un hueso para “negociar” una complicidad de ladridos silentes con   Steve Ray ,  si es que  éste se viera perturbado en su relax. Me deslizo cuidadoso, como si fuera un fisgón que pretende inmiscuirse en la vibración y la historia que viven detrás de ese telón. Ese telón que pesa una tonelada si alguien lo quiere abrir sin Amor al Arte, mas se corre amable y liviano ante la reverencia de quien porte un alma   justa. Me imagino entrando en el   silencio de la noche y encendiendo un candil o,   mejor, un farol de querosene, prescindiendo de la modernidad eléctrica de la que dispone el lugar.   La luz de vela o de combustible se lleva mejor con las Almas y la Historia. C...

Cicaré... y mi Tío Mingo

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  Cicaré, un genio contemporáneo. Un laburante de la ideas. El primer helicóptero de verdad, en vivo y en directo, que vi en mi vida (8 ó 9 años) fue al detener el pedaleo en aquel camino polvoriento (¡Por algo le llamaron "Polvareda" al paraje!) Apoyé la bici contra un árbol, y me paré   pisando el primer hilo del   alambrado trabando los brazos   en el   alambre superior. Éxtasis.  Mi querido Tío Mingo, que había avanzado unos metros hasta que se dió cuenta que yo ya no lo seguía. Volvió con su "Hispano France" de carretera (Carretera en serio, de cuando las carreteras recibían ese nombre por el transitar de los... carros) y se apeó de su bici detrás de mí. Me respetó el silencio de observador por un rato e interrumpió el soplido de la brisa entre las ramas: "Este es el campo de Cicaré.  Dicen que a éste -señalando la aeronave que descansaba sobre sus esquíes frente a un galpón - le puso un motor de Falcon". Con el tiempo supe que, ése model...

Microrrelato de 100 palabras.

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Microrrelato Hace un tiempo participe (sin éxito, por supuesto)  de un concurso de micro relatos que organizaba un grupo editorial español. El desafío era escribir a partir de la frase inicial de Vargas Llosa (el final de uno de sus libros) y  hacer un relato con no mas de 100 palabras. Me  auto desafié a escribirlo exactamente en 100 palabras. Aquí está: Habían atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión que, minutos antes, padecía de tanta opacidad como los rostros de sus pasajeros. Entre bolsas de correo y bultos de contrabando, los ilegales se aferraban a la estructura del viejo carguero tan férreamente como a la esperanza de encontrar, para sus vidas, un brillo como ese que apareció en la ventanilla. Habrían pasado dos eternas horas cuando el piloto les sugirió asirse a lo que pudieran. Estaban por aterrizar. No sería suave. Las pistas clandestinas y el camino a la Libertad nunca lo son. Dany Pereyra.-

A veces pasa

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A veces pasa que laburás de otra cosa.  Que tus sueños de Músico Errante se cumplen  a través del esfuerzo y de una voluntad inquebrantable.  A veces pasa que tenés las manos curtidas  por la rudeza de otras herramientas, que no tu Guitarra compañera.  A veces pasa que te encontraste un rato con las cuerdas  y el tiempo se adormece,  la Canción fluye suave,  como un río de llanura, y esas manos  agrietadas y rasposas  te devuelven el suspiro de la vida.  Otra Vida.  Esa,  que está agazapada  detrás de la templanza.

Trompos, más allá del horizonte.

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Una vez, siendo niño, me alejé unas cuadras de mi casa. Tantas que parecían leguas de esas que lo internan a uno en el horizonte. (Hoy se que son apenas 12 esquinas de barrio). La aventura partió de la propuesta de un grupo de niños que solían jugar en la esquina de  Juncal y Juan B. Justo: “ ¡Por allá (a una lejana docena de ignotas calles) hay una fábrica de trompos! ¡Los venden a Un peso!” Aquella era, por entonces, una cifra  tan irrisoria como la de hoy. Seguí a esos chicos que me superaban en edad y en materias callejeras. Caminamos, como en una expedición, guiados por “el que más sabía”. Ese preadolescente poseía una seguridad y una sapiencia que dejaba al resto del grupo como simples aprendices de la vida y de las veredas conurbano Sur. Nunca antes había  visto a ese muchacho por mis calles, pero, sin dudas, él sabía todo lo que había que  hacer; y además tenía el dato preciso de donde se podían conseguir trompos de madera en la mismísima fáb...