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A veces pasa

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A veces pasa que laburás de otra cosa.  Que tus sueños de Músico Errante se cumplen  a través del esfuerzo y de una voluntad inquebrantable.  A veces pasa que tenés las manos curtidas  por la rudeza de otras herramientas, que no tu Guitarra compañera.  A veces pasa que te encontraste un rato con las cuerdas  y el tiempo se adormece,  la Canción fluye suave,  como un río de llanura, y esas manos  agrietadas y rasposas  te devuelven el suspiro de la vida.  Otra Vida.  Esa,  que está agazapada  detrás de la templanza.

Trompos, más allá del horizonte.

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Una vez, siendo niño, me alejé unas cuadras de mi casa. Tantas que parecían leguas de esas que lo internan a uno en el horizonte. (Hoy se que son apenas 12 esquinas de barrio). La aventura partió de la propuesta de un grupo de niños que solían jugar en la esquina de  Juncal y Juan B. Justo: “ ¡Por allá (a una lejana docena de ignotas calles) hay una fábrica de trompos! ¡Los venden a Un peso!” Aquella era, por entonces, una cifra  tan irrisoria como la de hoy. Seguí a esos chicos que me superaban en edad y en materias callejeras. Caminamos, como en una expedición, guiados por “el que más sabía”. Ese preadolescente poseía una seguridad y una sapiencia que dejaba al resto del grupo como simples aprendices de la vida y de las veredas conurbano Sur. Nunca antes había  visto a ese muchacho por mis calles, pero, sin dudas, él sabía todo lo que había que  hacer; y además tenía el dato preciso de donde se podían conseguir trompos de madera en la mismísima fáb...

Huellas

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  Volví a caminar por los senderos de mi infancia. Con alegría descubrí que algunas huellas todavía estaban frescas. En cada recodo, un árbol seco; en la gruta del tesoro, hay un “bay biscui”t. Debajo de cada piedra una señal de orientación. La brisa olía igual que el viento en la cara de aquellos viajes en la vieja camioneta. Las hojas, a mis pies, crujían la misma música que mis primeras notas de guitarra. Se voló un hornero llevándose mi mirada, que ya no volvió. Las agujas de pino   alfombraban el camino marrón de mi país de ensueño. Un charco me devolvió la sensación de la primera pasión. Zapatillas al hombro, pies y barro son amigos naturales de una niñez humilde Sigo andando, y, de tanto en tanto, voy hallando huellas frescas que oxigenan y descansan una sangre adulterada por los años y la vulgaridad... "Huellas" en  la voz de Alfredo Escudero

Cantar con alguien.

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  Parece como un lazo. ¡Vaya si aplica la palabra “cuerda”!  Da la impresión que algo se anuda para siempre.  La vibración de una voz sentida conmueve; pero cuando dos o mas voces se embarran juntas en una misma huella no hay camino que parezca duro, ni pareciera la bifurcación una duda.  Cuando uno ha cantado con  alguien, celebrando el encuentro, agradeciendo una comida compartida, o mitigado una pena, queda el alma bendecida y de alguna manera amarrada de por vida a esa otra voz hermana.  Gracias a la voces que me enseñaron de que va el camino. Gracias a las que anduvieron de a ratos conmigo y a aquellas que me permiten acompañarles en su andar.

Mis fantasmas y yo

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La Música tiene ese extraño poder para exorcizar las angustias y ahuyentar algunos fantasmas. Es posible que no pueda alejar todos mis males, ni diluir mis espectros en sus propias nieblas, pero lo que es seguro es que la Música me crea un espacio neutral donde mis fantasmas y yo podemos dialogar de tanto en tanto; negociar ciertas treguas y, a veces, hasta componer juntos alguna canción.

Caminando por la pista

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Un momento en la noche.  El croar de las ranas se parece bastante al ralentí de viejos motores radiales que se quedaron resonando entre los pastizales.  Las pisadas de los hombres rompen ese otro silencio que se entremezcla con las risas de cuentos fantasmales y bromas pesadas. El perfume de la menta se acomoda al espectáculo indomable de las estrellas.  Lo oscuro se ilumina en un ladrido que reclama el regreso a los hangares.  Un ADF sonoro para orientarse.  Ya no hay luna, no hace falta. Estos muchachitos saben que la penumbra es un buen lugar para volver a la adolescencia en lo que dura un recorrido por la pista. Mañana volverán, a la luz del día, a sus respectivos tiempos. Un presente maravilloso, construido a costas de honrar sus sueños.

El forastero

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El forastero se acercó a la tranquera dispuesto a hacer sonar por segunda vez la campana, agitando la cadena del llamador. El otoño se hacía sentir en aquel pueblo costero desde el frío de la noche y desde la soledad de las calles de arena. En el interior de aquel viejo Galpón sonaba Música amigable a un volumen que   ahogaba el tañido vibrante. Quienes estuvieran adentro estaban compartiendo un buen momento, en tan grata compañía que ninguna campana lejana podía (ni debía)   interrumpir.  El soplido de la brisa costera se armonizó con un creciente ronroneo inconfundible: Las luces de un brillante   Citroën 3 CV se apagaron frente a la   tranquera, mas no cesó en la rítmica de sus dos cilindros, pues una vez que hubo descendido, el pasajero extendiendo la mano que le quedaba libre a modo de saludo y quien conducía se alejó haciéndose parte del viento. El Hombre le echó una mirada al forastero y, sin interrogatorio alguno, abrió la tranquera y lo an...