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Cicaré... y mi Tío Mingo

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  Cicaré, un genio contemporáneo. Un laburante de la ideas. El primer helicóptero de verdad, en vivo y en directo, que vi en mi vida (8 ó 9 años) fue al detener el pedaleo en aquel camino polvoriento (¡Por algo le llamaron "Polvareda" al paraje!) Apoyé la bici contra un árbol, y me paré   pisando el primer hilo del   alambrado trabando los brazos   en el   alambre superior. Éxtasis.  Mi querido Tío Mingo, que había avanzado unos metros hasta que se dió cuenta que yo ya no lo seguía. Volvió con su "Hispano France" de carretera (Carretera en serio, de cuando las carreteras recibían ese nombre por el transitar de los... carros) y se apeó de su bici detrás de mí. Me respetó el silencio de observador por un rato e interrumpió el soplido de la brisa entre las ramas: "Este es el campo de Cicaré.  Dicen que a éste -señalando la aeronave que descansaba sobre sus esquíes frente a un galpón - le puso un motor de Falcon". Con el tiempo supe que, ése model...

Microrrelato de 100 palabras.

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Microrrelato Hace un tiempo participe (sin éxito, por supuesto)  de un concurso de micro relatos que organizaba un grupo editorial español. El desafío era escribir a partir de la frase inicial de Vargas Llosa (el final de uno de sus libros) y  hacer un relato con no mas de 100 palabras. Me  auto desafié a escribirlo exactamente en 100 palabras. Aquí está: Habían atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión que, minutos antes, padecía de tanta opacidad como los rostros de sus pasajeros. Entre bolsas de correo y bultos de contrabando, los ilegales se aferraban a la estructura del viejo carguero tan férreamente como a la esperanza de encontrar, para sus vidas, un brillo como ese que apareció en la ventanilla. Habrían pasado dos eternas horas cuando el piloto les sugirió asirse a lo que pudieran. Estaban por aterrizar. No sería suave. Las pistas clandestinas y el camino a la Libertad nunca lo son. Dany Pereyra.-

A veces pasa

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A veces pasa que laburás de otra cosa.  Que tus sueños de Músico Errante se cumplen  a través del esfuerzo y de una voluntad inquebrantable.  A veces pasa que tenés las manos curtidas  por la rudeza de otras herramientas, que no tu Guitarra compañera.  A veces pasa que te encontraste un rato con las cuerdas  y el tiempo se adormece,  la Canción fluye suave,  como un río de llanura, y esas manos  agrietadas y rasposas  te devuelven el suspiro de la vida.  Otra Vida.  Esa,  que está agazapada  detrás de la templanza.

Trompos, más allá del horizonte.

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Una vez, siendo niño, me alejé unas cuadras de mi casa. Tantas que parecían leguas de esas que lo internan a uno en el horizonte. (Hoy se que son apenas 12 esquinas de barrio). La aventura partió de la propuesta de un grupo de niños que solían jugar en la esquina de  Juncal y Juan B. Justo: “ ¡Por allá (a una lejana docena de ignotas calles) hay una fábrica de trompos! ¡Los venden a Un peso!” Aquella era, por entonces, una cifra  tan irrisoria como la de hoy. Seguí a esos chicos que me superaban en edad y en materias callejeras. Caminamos, como en una expedición, guiados por “el que más sabía”. Ese preadolescente poseía una seguridad y una sapiencia que dejaba al resto del grupo como simples aprendices de la vida y de las veredas conurbano Sur. Nunca antes había  visto a ese muchacho por mis calles, pero, sin dudas, él sabía todo lo que había que  hacer; y además tenía el dato preciso de donde se podían conseguir trompos de madera en la mismísima fáb...

Huellas

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  Volví a caminar por los senderos de mi infancia. Con alegría descubrí que algunas huellas todavía estaban frescas. En cada recodo, un árbol seco; en la gruta del tesoro, hay un “bay biscui”t. Debajo de cada piedra una señal de orientación. La brisa olía igual que el viento en la cara de aquellos viajes en la vieja camioneta. Las hojas, a mis pies, crujían la misma música que mis primeras notas de guitarra. Se voló un hornero llevándose mi mirada, que ya no volvió. Las agujas de pino   alfombraban el camino marrón de mi país de ensueño. Un charco me devolvió la sensación de la primera pasión. Zapatillas al hombro, pies y barro son amigos naturales de una niñez humilde Sigo andando, y, de tanto en tanto, voy hallando huellas frescas que oxigenan y descansan una sangre adulterada por los años y la vulgaridad... "Huellas" en  la voz de Alfredo Escudero

Cantar con alguien.

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  Parece como un lazo. ¡Vaya si aplica la palabra “cuerda”!  Da la impresión que algo se anuda para siempre.  La vibración de una voz sentida conmueve; pero cuando dos o mas voces se embarran juntas en una misma huella no hay camino que parezca duro, ni pareciera la bifurcación una duda.  Cuando uno ha cantado con  alguien, celebrando el encuentro, agradeciendo una comida compartida, o mitigado una pena, queda el alma bendecida y de alguna manera amarrada de por vida a esa otra voz hermana.  Gracias a la voces que me enseñaron de que va el camino. Gracias a las que anduvieron de a ratos conmigo y a aquellas que me permiten acompañarles en su andar.

Mis fantasmas y yo

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La Música tiene ese extraño poder para exorcizar las angustias y ahuyentar algunos fantasmas. Es posible que no pueda alejar todos mis males, ni diluir mis espectros en sus propias nieblas, pero lo que es seguro es que la Música me crea un espacio neutral donde mis fantasmas y yo podemos dialogar de tanto en tanto; negociar ciertas treguas y, a veces, hasta componer juntos alguna canción.